domingo, 25 de mayo de 2014

Alternativas a la tristeza: De viaje

Conociendo nuevas ciudades, distintas personas, aventuras, amigas, amigos, familia... post a la vuelta


domingo, 18 de mayo de 2014

Amar a quién no te ama

  El otro día me preguntaba una amiga de este blog que cómo los otros siempre se pueden olvidar de ella y ella nunca se puede olvidar de los otros. Muy preocupada me decía que creía que nunca se podría desenamorar. Y es que "soltar" es muy difícil y más cuando queremos. Decir adiós a algo que deseamos que continúe con nosotros pero que ya no nos quiere querer, nos cuenta mucho trabajo. Y, sin embargo, no queda más remedio que hacerlo. 

  Existen muchas carencias a nivel emocional cada vez más generalizadas: unos no quieren nada (I don't care) y otros, sin embargo, quieren demasiado (I need you). Y cuando se juntan un "me das igual" con un "te necesito" entonces se crea una descompensación en las relaciones personales de esos dos seres humanos que causa mucho dolor en ambas partes. 

  Al que no le importa, utilizará al que lo necesita cuando le interese, pero es que el que necesita también utilizará al que no le importa cuando éste se deje querer. 

  No es valiente, como decía Bob Marley, despertar el amor de alguien al que después no vas a querer. Es dañino y cruel. Pero tampoco está bien, estar esperando a que alguien nos venga  a salvarnos de la situación de soledad que tenemos. Además, estas relaciones se suelen establecer entre personas que son frías en el amor y tienen control sobre sí mismas y personas que necesitan que las quieran para descubrir o valorar su lugar en el mundo. 

Un corazón frágil que sólo está en busca el amor de pareja para dar sentido a su vida
  De esta manera, lo que necesitan quieren dar sentido a su vida a partir de alguien que les quiera, es decir, su proyecto vital es el otro: es salvar al otro

  A veces, es un día feliz no porque te haya pasado nada bueno, sino porque ya no te duele lo malo que te estaba pasando. Esta sensación la tendrá la lectora de este blog tarde o temprano, es decir, se levantará y se sentirá bien porque habrá dejado de querer. Y lo mejor que le puede pasar es que deje de querer de forma natural, no porque empieza a amar a otro que sustituye al anterior.

  Tenemos que estar tiempo solos. Pero solos de verdad. No esperando a que venga el gran amor porque puede ser que nunca llegue; tampoco pensando en el anterior y en todo lo que pudimos hacer con él. Es difícil porque parece que estamos programados para el amor, unos más que otros. Pero se puede intentar. Algo fundamental es en qué te centras cada día. Si tuvieras que elegir uno, ¿cuál ha sido tu pensamiento principal este día? 




sábado, 10 de mayo de 2014

El camino de la vida...

Elsa Punset afirma en el emocionante prólogo de su libro Una mochila para el universo que el ser humano vive “ obsesionado por el pasado y el futuro" porque " el cerebro humano adulto es experto en recordar y prever". Solemos recordar muy bien aquello que nos ha hecho daño en el pasado y nuestro cerebro está preparado para prever lo malo que creemos que nos va a pasar en el futuro. 

Esta semana, una de esas semanas que parecen más trágicas que otras, especialmente por la pérdida de personas jóvenes y apasionadas por el deporte, me gustaría hablar de lo que he sentido al saber que uno de los mejores deportistas que hemos tenido ha dejado un vacío en el mundo del deporte. 

Antes de nada dejo claro que este post no es para opinar de su muerte, sino de su vida, o mejor dicho, de lo que los medios de comunicación han recogido sobre él en los últimos años, y de grabaciones del propio deportista en los medios. Su valoración es útil para hacer un análisis de un fenómeno social muy común. 

¿Qué sentí ante la noticia? 

Cuando me enteré de la muerte de Yago Lamela empecé a leer sobre su vida. Hace mucho que no me interesa tanto el deporte, porque tengo otras prioridades, pero cuando oí su nombre y que había fallecido, dos pensamientos me vinieron automáticamente a la cabeza: uno que sería muy joven (36 años tenía) y otro que había sido un gran deportista, " de los grandes ", y que había conseguido marcas que nunca antes nadie hubiera conseguido. 

Empecé a bucear por la red para recordar el deporte que practicaba.  Tengo que reconocer que no estaba segura de qué tipo de atletismo hacía.  Efectivamente, era uno de los mejores deportistas de España, consiguiendo marcas que nunca antes se habían alcanzado. Entonces, leí algo que me llamó la atención pero que no me sorprendió tanto: esta gran deportista había tenido varias depresiones y alguna bastante grave. ¿Cómo un deportista de élite tiene depresiones? 

Entonces escuché un programa de radio, en el que él de una manera muy valiente reconocía que padecía esta limitación. Era en una tertulia con una psicóloga especializada en deporte que además había sido deportista. La psicóloga describía dos frustraciones que pueden derivar en un trastorno psicológico para los deportistas: 
- La primera cuando el deportista tiene que retirarse antes de alcanzar todos los objetivos deportivos que se propuso al comienzo o durante su carrera. 
- La segunda cuando se retira no por voluntad propia sino precipitadamente por algún acontecimiento externo como por ejemplo, había sido este caso,  un problema de lesiones. 

¿Cuál es muchas veces nuestra actitud ante la felicidad? 

Las personas solemos ser expertos en postergar ser felices. Principalmente, aplazamos la felicidad por dos motivos, muy relacionados a la reflexión que hacía Punset en su prólogo:

- Por un lado, porque vivimos en los recuerdos que nos hacen daño: frustraciones incumplidas, nostalgias, pérdidas, etcétera. 

- Por otro lado,  por la pérdida de esperanza de que algo bueno vaya a pasar. Pensamos que cualquier tiempo pasado fue mejor y que ya no tengo nada que ofrecerle al mundo ni el mundo a mí. 

Creo que el caso de Yago Lamela ejemplifica bien estos dos sentimientos: vivir atrapado en un pasado al que ya no podía volver (ya no podía conseguir el resto de retos deportivos que se había impuesto), más un futuro que valoraba como que no le ofrecía nada tan emocionante como ser deportista de élite. 

Me preguntó, ¿ cuántos niños y niñas que están empezando hoy en carreras deportivas sueñan en conseguir lo que él consiguió? Posiblemente muchos. ¿Cuántas personas en general querrían conseguir en su carrera laboral la mitad de los éxitos que él consiguió? La mayoría.  Y, sin embargo, él no parecía estar conforme ni satisfecho por lo que había conseguido. 

Y es que esta sensación no es tan inusual. Como psicóloga la he identificado muchas veces y la puede descubrir cada día en personas que están a mi alrededor. Inclusive la he padecido más de una vez porque como diría Punset nuestro cerebro está programado para sentir así. 

Vivimos con la esperanza de que cuando consigamos aquello que tanto anhelamos, entonces ese día,  al fin,  seremos felices.  Generalmente,  no es cierto porque cuando lo conseguimos lo celebramos durante muy poco tiempo y rápidamente ya estamos pensando en nuestra próxima marca, nuestra siguiente meta o las futuras olimpiadas. Sino me crees mira hacia atrás y piensa algo que desearás mucho y que consiguieras, ¿durante cuánto tiempo lo valoraste? ¿ cuánto tiempo te hizo feliz? ¿lo sigues valorando hoy en día, dando las gracias por haberlo conseguido? 

Una vez leí una historia oriental en la que un creyente empezaba el camino en busca de la paz espiritual hacía un destino muy lejano. Por el camino se encontró un maestro que le preguntó dónde iba. Cuando le contestó que a buscar la paz, el maestro le recordó que no era necesario tan lejos, que la paz estaba mucho más cerca: sólo tenía que mirar en su corazón.  En el momento en que dejamos de hacer esto, es decir, en el momento en que sólo miramos al pasado y al futuro y dejamos de mirar el día de hoy con pasión, entonces queda poco qué hacer.

¿Cuántas cosas maravillosas podría haber hecho ( y seguir haciendo ) este deportista de élite? Muchísimas.  Cuántos niños y niñas podrían haber aprendido de sus enseñanzas, cuánto amor podría haber dado entrenando a otras personas,  cuántos misterios podría haber descubierto en esa otra carrera que dejó aparcada por el deporte y que quería volver a retomar. Seguramente,  muchos.  Sin embargo, en los últimos años de vida ese sabio corazón, no pudo ver las oportunidades que el mundo aún le ofrecía.  

domingo, 4 de mayo de 2014

Tengo miedo a cambiar de...

  A veces, no nos damos cuenta que no estamos dónde queremos. Que no hacemos lo que nos apetece, que vivimos con el miedo a cambiar la situación y nos mantenemos durante un largo tiempo, más de la cuenta, en ella. 

 Otras veces sí sabemos que no estamos a gusto. Que no nos gusta lo que hacemos, que podríamos conseguir mucho más.  Que si superasemos nuestros miedos, un bello camino sería nuestra vida.

 Y cuando la vida cambia o nos la cambian (nos echan del trabajo, rompen con nosotros...)  porque al final las situaciones cambian, se hace abruptamente y nos genera más miedo por lo precipitado. Aunque también el alivio de que eso era lo que queríamos.  

  El cambio es necesario. Es parte de la vida. Imaginemos que cada día, todos los días ocurriera exactamente lo mismo. Una buena película nos hace reflexionar sobre eso. 

  No nos damos cuenta pero cada día es un cambio. Ningún día es igual que el anterior, aunque estemos comidos por la monotonía.  

  Pero, ¿qué pasa con esos cambios que deben de ser provocados por nosotros?  Los que nos dan más pánico porque si sale bien, es gracias a nuestro esfuerzo e iniciativa pero si sale mal, entonces también seremos los culpables. 

  Y, sin embargo, a veces pienso que no queremos dar el salto para el cambio, no por tener que enfrentarnos a la culpabilidad de que nos salga mal. Pienso esto porque, en el caso de que saliera mal, creo que en general los humanos tenemos una amplia capacidad de perdón y de ignorar nuestros fallos.

 Más bien, creo que la dificultad consiste en que  tenemos terror al cambio porque nos da miedo brillar. Sí, brillar. Conseguir lo que queremos, vivir de acuerdo a lo que nos gustaría para nuestras vidas, de acuerdo a lo que nuestro autoconcepto nos dice que debemos de hacer y de ser. Aquello con lo que cada día,  al levantarnos diríamos: "Ostras, soy feliz con  lo que hago. Me divierte y me encanta. Y además se me da súper bien".

 ¡Qué miedo a pronunciar estas palabras, verdad!? Porque pronunciar estas palabras significaría que lo hemos conseguido y también que lo podemos perder.

 Mejor vivir como estamos, sin cambiar, sin hacer lo que queremos, porque ¿y si luego lo perdemos?

 Sin embargo, creo que hay una pregunta anterior que nos impide dar el paso. Una pregunta que casi ni pronunciamos. Y esta es: ¿y qué pasa si brillamos demasiado?