viernes, 18 de octubre de 2013

Erase una vez una madre que quería mucho

 Erase una vez una madre que quería mucho a sus hijos y erase una vez unos hijos que querían mucho a su madre. Esos hijos estaban orgullosos de esa madre porque veían que ella les daba amor, les cuidaba y se preocupaba de que no les faltara de nada. Esa madre, sin embargo, creía que lo que ella hacía era poco para sus hijos porque, aunque los hijos la besaban, le daban las gracias por lo que ella les daba y la trataban muy bien, para ella esas muestras de cariño por parte de sus hijos eran insuficientes. Como pensaba que era una buena madre pedía más y más muestras de cariño para poder creérselo. Entonces, les preguntaba a sus hijos:

     - ¿Quieres a mamá? ¿De verdad que la quieres? 
    - ¿Cuánto quieres a mamá? ¿Cuánto, cuánto, cuántooooo...?

 Y les pedía a sus hijos que se lo demostrasen: 

      - Ven. Dame un abrazo. Venga dame otro.
    - Ayyyyyyy, cuánto quiere mi niño a su madre verdad. Ay, ay, ay, ay... (Achuchón acompañado de beso que deja la cara roja y algo dolorida). 

 Sin embargo, nunca se lo creía. Nada era suficiente.

   Estos hijos, como he dicho, querían mucho ¡mucho! a su madre y comprendían que ella necesitaba de esos achuchones, de esos besos y de esas caricias para sentirse bien. Sabían que ella dependía de que ellos le dijeran que la querían más que a nada en la tierra, que era la mejor mamá del mundo -algo que de verdad pensaban- y que lo estaba haciendo realmente bien. 

   Pero cuánto más se lo decían, cuántos más besos le daban, más quería ella. Y ellos se cansaban. Eso no significa que no la quisieran. Sólo que se sentían hipócritas diciéndolo tantas veces y querían decirlo de forma libre, cuando a ellos les apeteciera y no sólo cuando la madre les "obligase". Así de esta manera, cada vez le daban menos besos espontáneos, menos caricias francas, cada vez había menos sentimientos puros. Todos eran forzados por la presión de la madre y estaban circunspectos a la necesidad que ella tenía de recibir esas caricias. 

   La madre se empezó a sentir triste porque se dio cuenta que habían reducido esas muestras de afecto naturales y voluntarias que los hijos dan a sus padres. Y como una madre es una madre, exhibiendo el sentimiento de generosidad tan grandioso que las buenas madres (que son casi todas) muestran para con sus hijos, no culpó a sus hijos por ello. Sabía que había algo más. Sabía que el problema estaba en su interior. Que estaba dentro de ella y que lo podría controlar. 

Dibujo realizado por la niña Victoria Got 
   De pronto, se dio cuenta que la necesidad que ella tenía de que sus hijos la quisieran, se había convertido en una obligación para ellos. Y que la obligación había reducido el número de caricias y que las caricias que daban no eran sinceras como las caricias del principio. Por eso y porque esta madre era muy sabia, encontró rápidamente la solución.

   A partir de ese día, la madre dejó de pedir caricias. Al principio lo pasó muy mal porque si el número de caricias ya eran pocas cuando ella las pedía, ahora que ella no las pedía, este número se convirtió casi en cero. Los besos de cada día eran los justos y limitados a la situaciones "más usuales" como el beso de despedida de las mañanas y el beso de buenas noches. 

   ¿Qué pasaba? Pues que, a los hijos, este cambio tan radical de la madre también les afectó. No sabían si su madre ya no les quería o si, secretamente, se había enfadado con ellos por no haber estado a la altura y no haber sido unos “buenos hijos”, porque no le habían respondido lo suficiente al número de caricias. 

   Sin embargo, con el paso de los días vieron que su madre, en el resto, se comportaba igual: que los miércoles seguía haciendo su comida favorita para animarles en el medio de la semana y que ésta no se hiciera tan larga; que los domingos les seguía alquilando esas películas que tanto les gustaban; y que como siempre en la mochila les ponía un dulce-regalito para que cuando lo encontraran por sorpresa se acordaran de ella. 

   Y estos hijos que también eran muy sabios se dieron cuenta que lo que había hecho su madre era una de las más difíciles tareas. Reprimirse para dejarles libertad a ellos y que mostraran sus muestras de amor y afecto cuando ellos quisieran y no sólo cuando su madre se lo semi-exigía.

   Como no, a partir de ese momento, el número de demostraciones de afecto aumentaron y no aumentaron en una media normal sino de forma exponencial. Los hijos agradecían que su madre les hubiera hecho el mayor regalo que les podía hacer: dar amor en libertad. Regalar amor en un contexto en que cada uno puede elegir cuando muestra su cariño y, desde ese respeto del espacio de cada uno, es cuando más veces te apetece mostrarle a otro que aunque son dos círculos separados, siempre hay una intersección donde esos dos círculos se cruzan y esas intersección es el más fuerte lazo de amor que puede haber entre un hijo y su madre. 


 “Uno sólo tiene lo que da” Isabel Allende 

miércoles, 9 de octubre de 2013

La manía de hacer de psicólogos

Los conceptos de la psicología se utilizan, en la calle, de forma popular. Cualquier persona hace juicios diagnósticos sin el mayor reparo de que lo que  está haciendo es etiquetar a otra persona en un trastorno clínico que tiene una serie de características, basadas en muchos años de estudio observacional y científico. Así, podemos fácilmente escuchar que "Manolo está pasando por una depresión" o "Es que Ángela es un poquito (o bastante) bipolar" si ningún tipo de reserva por parte del que las dice. 

A veces, son tan ridículas estas actitudes que se suman a la poca modestia del "es que yo tengo un poco de psicóloga". Cuando oigo a quien por haberse leído varios libros de autoayuda y alguno de coaching hace diagnósticos, me da miedo pensar la manía que tenemos de juzgar y poner etiquetas a todo y a todos

Es tan ridículo como si alguien te dijese que lleva varios días que le duele la barriga y en vez de recomendarle que vaya al especialista le dices: "pues puede ser que tengas un problema en el colón y si no es en el colón es en la última parte del intestino delgado...". Lo mejor, si te está confiando que hace mucho que se siente mal, que está perdido, es derivar al profesional

Porque las etiquetas a lo único que pueden conllevar es a que Manolo o Ángela se encasillen y se sientan "más a gusto" en sus "estado depresivos o bipolar", en vez, de buscar alguna solución a esa tristeza de Manolo o a esos cambios de humor que sufre Ángela. Manolo y Ángela pueden caer en la trampa del "no puedo hacer nada para cambiar" y asumir como parte de sí mismos ese estado mental. 

Parece que cada vez estamos más rodeados de personas que podría ser recomendable que acudieran a un especialista porque tienen una baja autoestima, porque son dependientes emocionales, porque utilizan distintos medios para no reparar en la realidad (alcohol, drogas, sexo, relaciones destructivas...). Personas que día tras día nos las encontramos en los bares, los llamados "habituales", que están ahí y a la vez de estar ahí están enganchados al whatsapp, que están muy visibles en las redes sociales, que son muy activos pero que hay algo extraño en esa actividad. Esas personas que parecen vivir para afuera. Personas que, en realidad, tienen mucho miedo. Pero, de verdad, ¿quién no ha pasado por esto alguna vez? 

Es lo más normal y lo normal es incompatible con estar encuadrado en un diagnóstico, y porque todos hemos hecho alguna vez algo que es anormal y no tenemos ningún trastorno. ¿Quién no ha suplicado ante un amor que le decía que ya no le quería? ¿Quién no ha bebido tanto que no ha despertado en un sitio en el que no era intención despertar? ¿Quién no ha pasado una larga temporada en que parecía que no había sueños, ni motivaciones, ni ilusione, ni nada? E, incluso, ¿quién no ha pasado por todo esto a la vez?

Hay temporadas en las que estamos perdidos. Por eso, si estás viendo a alguien perdido cerca de ti (o tú mismo sabes que lo estás), mejor evitar poner una etiqueta de la que luego va a costar escaparse. Un profesional de la psicología es una gran ayuda para volver a reorientarte, para volver a tener ilusión, para luchar contra todos esos pensamientos negativos que andan por tu cabeza, para que esa baja autoestima se ponga en el nivel que como persona te mereces y puedes estar. 

Porque hay muy buenos psicólogos y porque hay que confiar en que los seres humanos pueden cambiar, antes de diagnosticar, recuerda de qué sector eres profesional.