domingo, 29 de septiembre de 2013

Lo que suponen las bodas

   El traje, el vestido, los zapatos, los regalos, el sobre...está claro que, a nivel económico, las bodas suponen un revés en la cartera que no todo el mundo puede (o quiere) asumir. Por eso, mucha gente decide ir a aquellas bodas de los amigos "de verdad". Aquellas bodas de la gente con la que más te apetece compartir ese día tan feliz. 

  A nivel emocional, está claro que es un día de alegría. Un bonito día en el que ves que una pareja que, en la mayoría de los casos, se quiere mucho, celebra la creación de un vínculo, si cabe, más fuerte del que tiene. Además, además de compartir la felicidad de los novios, es la oportunidad para reunirte con viejos amigos que las prisas del día a día, los compromisos, el trabajo, etc han provocado que haga mucho tiempo que no ves.

   Ayer tuve la boda de una gran amiga y pude volver a apreciar lo mismo que he visto en las últimas bodas de grandes amigas. Y es que una de las cosas más bellas de cada una de las bodas a las que he ido es que se producen "microbodas". Es como si, además de casarse los novios, se recasaran aquellas parejas que ya llevan muchos años juntas. Parejas que influidas por la rutina o la monotonía pueden pensar que ya no queda un gran vínculo de amor entre ellos, pero que, sin embargo, ese día se contagian de la felicidad de los novios y recuerdan el por qué un día tomaron la decisión de pasar la vida acompañándose.

   Tengo que reconocer que aunque siempre me he sentido más contraria a las bodas que a favor, ver esa sonrisa de felicidad, especialmente durante el baile -momento en el cual estas microbodas alcanzan su punto álgido-, de todas esas parejas que cada día llevan a cabo el extraordinario acto de mantenerse juntas a pesar de las dificultades, hace que ese día merezca mucho más la pena. Una bolsa de oxígeno para seguir unidos en la cotidianidad de los días. 

viernes, 20 de septiembre de 2013

Historias de bares: la historia de Ada


Son muchas las historias que pasan en los bares. Normalmente, dos tipos: las historias que te pasan en el bar de siempre que se suelen crear cuando viene alguien nuevo que le da variedad a los "parroquianos" o cuando tienes la suerte de ir a un bar en el que te acogen sus parroquianos por una noche y cada uno te cuenta un poquito de su historia. 

De esa noche podría haber destacado varias historias pero, al fin y al cabo, la que más te marca es esa que te hace que se salten las lagrimillas. No sólo al que la escucha, si no al que la cuenta también. 

La historia de Ada: (contada por su tío)

Ada nació en Kenya. La adoptaron con 3 años de edad pero aunque tres años de una niña no son nada, son los suficientes para que ya hubiera sido víctima de abusos físicos y psicológicos por parte de sus cuidadores. Por suerte, tuvo la suerte de ir a parar a una familia que la estaba esperando con los brazos abiertos. 

Un domingo cualquiera Ada estaba con su madre y su tío e hizo una travesura. La madre de Ada, en su cometido de educarla, le explicó que estaba mal lo que había hecho. Ada se puso muy triste, casi decepcionada consigo misma pues no le gustaba disgustar a su madre porque no había anticipado que eso que acababa de hacer no se debía hacer. 

La madre que se dio cuenta y para tranquilizarla le explicó que no se preocupara, que es que ella tenía la obligación de educarla y de enseñarle aquellas cosas que estaban bien y entonces le empezó a poner ejemplos para que lo comprendiera. Entonces le preguntó:

Madre: - Ada, ¿te acuerdas quién te enseñó a cruzar por los pasos de cebra?
Ada: - Sí mamá. El tío Guti -contestó-. El tío que estaba allí presente sonrió

Madre: - Pues, ¿te acuerdas por ejemplo, quién te enseñó a resolver ese problema de matemáticas que tanto te costaba?
Ada contestó: - Sí, mamá. La seño Pilar me enseñó. 

Ahora era la madre quien ponía la misma cara de tristeza y decepción que Ada había puesto antes. En su tercer intento la madre preguntó:

- ¿Te acuerdas quién te enseñó a lavarte las manos antes de comer?
Y Ada, por tercera vez contestó: - Sí mamá. La abuela Ana.

La madre, en ese momento, ya no triste sino más bien algo enfadada le preguntó:

- Entonces, ¿qué pasa que tú madre no te ha enseñado nada? 
Y Ada muy sonriente contestó: Sí mamá. Tú me has enseñado lo más importante.

El tío de Ada y su madre se miraron sorprendidos. Ella preguntó: ¿Y qué es eso tan importante?- aún algo ironizó.

- A reír mamá. Tú me has enseñado a reír mamá. A reír y a sonreír. Antes de venir aquí no sabía.

Y en ese momento, al tío Guti que era el que evocaba ese instante tan inolvidable de su vida y a mí que escuchaba con atención, se nos saltaron las lagrimas. 


Historias de la vida cotidiana que merecen la pena

martes, 10 de septiembre de 2013

¿Por qué me dices que estoy loca?

Frases como "estás loca, muy loca" suelen salir en muchas discusiones de pareja. Suele ser una defensa que se utiliza a veces, demasiado pronto, a veces más tarde, para contradecir la argumentación de la pareja. A mi siempre me ha parecido uno de los golpes más bajos que se pueden dar en las contiendas lingüísticas pues desestabiliza al otro completamente y le deja sin ningún tipo de credibilidad, en parte por el reduccionista concepto social de que los locos están fuera de la realidad y, por tanto, su razonamiento no es real.



Las personas que nacieron después que tú en una familia serán siempre "las pequeñas" y aunque crezcan te costará escucharlas como personas mayores, no porque no razonen con razonamientos sabios e interesantes de escuchar, sino porque siempre las verás como "pequeñas" de la casa. 

El otro día iba con dos de estas pequeñas de mi familia y empezaron a hablar de una discusión que habían tenido sus vecinos. Paredes de papel que permiten que se oiga todo. La discusión trataba de una discusión muy común en la vida cotidiana.  Ella había cogido el móvil de él y había visto los mensajes de whatsapp que se mandaba con una amiga, mensajes en los que una parte de la relación (ella) valoraba que eran mensajes demasiado cercanos para con una amiga y la otra mitad de la relación (él) valoraba como mensajes normales y atribuía a la locura de ella su preocupación por estos mensajes . 

Más o menos, le relataba la conversación de esta manera: 

Ella: Pero tú no te das cuenta de cómo estás hablando con ella. ¿Tú no te das cuenta que va a pensar otra cosa???
Él: ¡Estás loca! ¿Tú no te das cuenta que estás loca???

Y casi a la vez que pronunciaba  esta última frase, casi a la vez, las dos contestaban: "uy, uy,uy...pues si la está llamando loca algo de verdad hay, pues cuando te dicen loca ya se sabe..."

En ese momento abrí los ojos como platos y empecé a prestar más atención a la conversación, a la vez que hacía una valoración rápida de mi pasado y recordé algunas de las veces que me habían llamado loca y luego resultó ser verdad aquello de lo que sospeché.