lunes, 19 de noviembre de 2012

¿Por qué la gente me quiere y yo me odio?


Hay personas muy queridas por los demás que se odian a sí mismas, por increíble que parezca. Quizás tenga que ver con que sufren una especie de síndrome del impostor que sirve para denominar "cuando el competente se considera incompetente". La primera vez que oí hablar de este síndrome fue a través de una amiga, pero nosotras lo aplicábamos al amor y la dificultad  de encontrar pareja muchas veces por el miedo que tenemos a que la otra persona nos descubra, a que "el otro" sepa realmente cómo somos. 

Supongo que si pudiéramos escuchar qué pasa por la cabeza de la persona más buena del mundo durante 24 horas, esa persona nos defraudaría puesto que descubriríamos que esa persona en algún momento se enfada, sin querer piensa mal de otro o, incluso, puede sentir algún tipo de envidia o celos. Pero si llevamos esto al absurdo, utilizando la escatología, es como si pasásemos 24 horas con el hombre o la mujer más bella del mundo, a la que más deseamos. Creo que el deseo sexual que sentimos hacia esa persona se esfumaría o, como mínimo, se amortiguaría tras ser testigo uno por uno de todos sus procesos escatológicos (exceptuamos de este ejemplo a las personas fetichistas obviamente).

En definitiva, nadie es capaz de guardar la compostura mucho tiempo seguido, nadie es capaz de mostrarse de una cara todo el rato. Y menos si está a costumbrado a pasar mucho tiempo sólo y convivir mucho consigo mismo, mostrándose tal y como es -como les suele pasar a las personas que no tienen pareja, especialmente, a las que viven solas-. Las personas somos blancas y negras y ambos colores tienen cabida dentro de nosotros. Si la tolerancia es un gran valor, empecemos a aplicárnosla a nosotros mismos. O, al menos, no te odies tanto. 


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