jueves, 22 de noviembre de 2012

El síndrome de Estocolmo en las empresas españolas


  En los últimos años hemos asistido espeluznados a un cambio en las condiciones laborales de las empresas españolas. Es importante matizar que no es en todas, puesto que muchas empresas están ignorando el abanico de posibilidades que las últimas reformas laborales les han dado para dejar a la mínima expresión los derechos de sus trabajadores (GRACIAS). Sin embargo, hay algunas que si siempre fueron desalmadas, con la crisis su actuación ante los trabajadores se agrava.

  ¿Qué pasa con los trabajadores? En general, siempre escuchamos que la gente tiene miedo, pero se llega hasta un punto que lo que era temor pasa a ser alienación. Trabajadores que ni opinan, ni sienten, ni padecen. Sólo se preocupan en echar las horas que la empresa les exige, incluso con salarios que no dan ni para pagar la sospechada única causante del síndrome “puedoresistirtodaclasedehumillaciones”: la hipoteca. Incluso en algunos casos parecen que sufren una especie de síndrome de Estocolmo, defendiendo el hecho de no tener condiciones laborales adecuadas, salariales o “saludables” (es duro escuchar a un trabajador amparar que no pasa nada porque en su empresa -con unas cuentas de resultados  favorables- no haya papel higiénico).

  En una factoría cercana a mi localidad, para mejorar las condiciones de seguridad en la empresa, se marcó una línea en el suelo por el medio de la planta y así llegar hasta tu zona de trabajo, alejado de los laterales para evitar que te puedan caer, montañas de neumáticos. Los trabajadores se fueron una noche de la empresa sin esa línea amarilla y cuando regresaron  al día siguiente la empresa “apareció” con ella. Nadie les explicó para qué servía y ellos tampoco lo preguntaron. De hecho, si se pasa una rápida encuesta, todavía casi ninguno sabe contestar para qué sirve esta línea pintada en el suelo. Pero desde el primer día todos ellos empezaron a caminar sobre ella. Ya no iban al lugar que ocupaba cada uno por las partes seguras por las que solían ir. Todos marchan por esa línea callados, en fila y con la cabeza cabizbaja.  A estos trabajadores sólo les falta el pijama a rayas para recordarnos a una escena de épocas pasadas.

  En esta empresa hay representación sindical. De la buena, que la hay y mucha. Un tipo de representación que nadie conoce porque de ella nunca se habla en los medios (y lo que no sale en los medios, no existe). Esa que consigue a cambio de acosos, calumnias y querellas en los juzgados sobre su  persona por parte de la empresa  que los compañeros, no sólo cobren los 800 euros de nómina puntualmente a fin de mes, sino que lucha porque se cumplan los días libres por hospitalización de un familiar, el permiso de paternidad o que haya mejoras en la manipulación de cargas de los neumáticos y así evitar que estos trabajadores antes de los 50 acaben en las salas de espera de traumatología del hospital de su comarca colapsando las listas de espera y aumentando el gasto de la sanidad pública.

   Ellos son los únicos libres del síndrome de Estocolmo en la empresa, son los que saben que no les deben nada más a la empresa que respeto, un trabajo bien hecho y una productividad dilatada, son los que un día a pesar del miedo a no pagar sus hipotecas, se quitaron el pijama a rayas. Y sus compañeros están contentos con ellos y por detrás, sin que nadie les oiga, les dan las gracias y les piden que luchen por otras mejoras que también necesitan. 

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